En 1972, injustamente nos invadieron las tierras gentes de otros rumbos. He de mencionarte que desde el punto de vista jurídico, todo lo teníamos en orden.
Fue entonces cuando vino a vernos, de la finca, una nutrida comitiva en representación de todos los trabajadores, misma que nos solicitó permiso para resolver el asunto a su manera, porque no era justo que unos invasores desconocidos se fuera a perder todo.
Mi padre y yo decidimos no aceptar el ofrecimiento, ya que hacerlo desembocaría en derramamiento de sangre y lejos estábamos de querer llevar ese lastre en la conciencia.
Fue para mí muy significativo que todos nuestros trabajadores permanecieran leales hasta el final.
Como lo relata mi papá en una carta al entregar la hacienda, se perdió todo: los empleos de casi 200 trabajadores y sus familias, la educación de los niños en la escuela que se tenía con las Hermanas de la Caridad, la atención médica en el dispensario, los talleres de trabajo para las mujeres, las actividades deportivas…
La mayoría de los trabajadores decidió continuar laborando con nosotros, por lo que los recomendamos en diversas fábricas.
Finalmente se nos dejó únicamente el casco de la hacienda y una pequeña área de tierra; fue entonces que mi papá y yo, tras largo pensar, decidimos donarla al Opus Dei con el fin de seguir mejorando el nivel espiritual y de vida de las personas.
Mucho quedaba atrás.
Todo parecía perdido.
La obra no podía morir, vivirá para siempre… para una gran obra.
Don Luis Barroso y su familia viven días por demás amargos, mucho sufren y añoran.
Hay que continuar, haciendo camino al andar.
Y se preguntan: ¿Por cuál camino? Por el de dar. Y dan. Les han dejado el casco de la hacienda y algo, muy poco, de tierra circundante. El hijo consulta con su padre y don Luis accede.
Así comienza una nueva etapa para Mimiahuapan…
Palabras pronunciadas por Don Luis Barroso Corichi con motivo de la entrega de Mimiahuapan al padre Pedro de la Garza, Vicario del Opus Dei
El padre de la Garza se ha querido molestar en ofrecer una misa y ésta comida para dar gracias a Dios por la terminación de los arreglos tenidos sobre Mimiahuapan.
Todos sabemos lo que Mimiahuapan representó para nosotros desde su compra en 1934: los trabajos, los desvelos, los sinsabores, los peligros todos que en principios allí había.
También fuimos gran cantidad de satisfacciones, de las cuales hicimos partícipes a mucha gente. Entre ellas, los trabajos para hacer más productivo el campo y los trabajos para beneficiar y levantar el nivel de vida de sus habitantes. La escuela que desde que llegamos nunca dejó de funcionar: primero como Escuela Artículo 27 y después con las madres de San Vicente. Siempre hubo una especial dedicación y atención a los trabajadores y sus familias con alimentación, vestido, atención médica y el internado. Recuerdo los ratos alegres que se pasaban en las fiestas de los niños, las posadas, las fiestas de San Miguel con sus repartos de ropa y comida; las tientas y los días de reyes. Allí vivieron buenos ratos de su juventud nuestros hijos.
Allá por 1947, vinieron los toros bravos, malos en sus primero años. Mejorando después clase, bravura, nobleza, estampa hasta llegar a ser una de las ganaderías punteras de México, gracias al esfuerzo, dedicación, trabajos y desvelos de su criador: don Luis Barroso, mi hijo.
La cantidad de toros desorejados, indultados, vueltas al ruedo del toro y del ganadero, muy pocas ganaderías pueden igualarla. El número de sementales de Mimiahuapan padreando en muchas ganaderías mexicanas y para remate un toro de Mimiahuapan padreando en una ganadería de España.
Esa corrida de mayo de 1971 en Madrid, puso muy en alto el nombre de México allá en España cuando se decía que se iban a lidiar los gatos viejos mexicanos. Toros de 5 años que resultaron formidables. Así como hubo sus satisfacciones, también hubo sus contrariedades. Muy difícil el mundo taurino.
Todo andaba en Mimiahuapan, relaciones cordiales con los trabajadores, con las autoridades, con los vecinos. Todo dentro de la ley y el orden, pero ante la inminencia de los problemas hubo una necesidad de vender la ganadería con una tristeza que todavía persiste en el ganadero. Después vinieron las invasiones de gente extraña, fomentadas por no sabemos quien o quienes y, finalmente, hubo que deshacerse de aquellos queridos campos donde quedaron 40 años de vida y de trabajos.
Quedó el casco. Después de tantos años de haber sido la casa más respetada del rumbo, reducida a cero: sin animales, sin trabajos agrícolas, sin escuela, sin nada. Era un tormento ir a Mimiahuapan. Se pensó en la venta.
¿Quién iría por allá?¿En qué se iba a convertir ese lugar tan querido?
Es llegado a ese punto cuando se promueve un cambio de impresiones entre los principales interesados en este asunto. Se tienen varias conversaciones, se analizan los pros y los contras y, por fin, se decide unánimemente que lo que más agrada es la solución que se le ha dado.
Qué mejor que contribuir a una buena obra. Qué bueno que Luis, mi hijo, a su perjuicio, haya sido el de la idea. Gracias a Dios que de lo que la Providencia no ha dado sin merecerlo, podamos contribuir a llevar adelante la obra planteada: casa de ejercicios y conferencias, escuela y talleres para elevar el nivel de vida de los campesinos y un dispensario para emergencias.
Dios ha de querer que todos estos proyectos progresen y que en un futuro próximo, todo estará marchando como se ha pensado.
8 de febrero 1974